miércoles, 17 de diciembre de 2008

La Mano Invisible

La Mano Invisible: Invisible o Inexistente?

Por: Samuel Azout *

            En el año 1776 Adam Smith describió la magia de la mano invisible de la siguiente manera: “Nuestra cena no proviene de la benevolencia del carnicero, ni del cervecero, ni del panadero, sino que es producto de sus intereses particulares.” Smith señalaba que el libre mercado y el interés personal, egoísta y codicioso, era la gran fuerza que conduciría al bien común.

            Los defensores de Adam Smith y sus “fuerzas autorreguladoras del mercado” tienen mucho que lamentarse por estos días. Los eventos de los últimos meses han reafirmado la validez de las ideas de Karl Polanyi – uno de los filósofos mas influyentes del siglo XX – quien desafió la noción de la fuerza auto correctiva de los mercados y argumentó que políticas de libre mercado no hacen sino destruir las normas sociales y descomponer la sociedad.

            El mismo Alan Greenspan, máximo defensor de las leyes del mercado, y ex Director de la Reserva Federal, ha reconocido las fallas de sus ideas y del sistema de libre mercado: “Cometí un error al presumir que el interés particular de las organizaciones, específicamente de los bancos, era capaz por sí solo de proteger su patrimonio y sus accionistas.” Aquellos que creen que saldremos de la crisis mirando como las bolsas de valores se recuperaran por sí solas simplemente están alucinando.

            La crisis financiera es fundamentalmente una crisis de confianza. Los mercados no solo tranzan dinero, tranzan promesas – prometen que los activos tienen cierto valor, que los balances son ciertos, que los créditos tienen riesgos limitados. Las monedas por sí solas no son mas que una manifestación de confianza. Sobra mencionar que muchas de las más grandes transacciones se sellan con un apretón de manos en una cancha de golf sin firmas o contratos de por medio.

            Una deuda – aquello que una persona o institución le debe a otra – es una interacción que tiene mucho más que ver con confianza y justicia que con dinero. Los niños aprenden a decir “esto no es justo” mucho antes de entender sobre relaciones entre acreedores y deudores. En sus intercambios de juguetes y de secretos los más pequeños asignan sus propios costos de capital de forma natural.

            En Wall Street ‘confía en mi’ se han convertido en tres palabras muy peligrosas. Hojas de cálculo automatizadas son las que ahora determinan si alguien es digno de crédito. El gran volumen de transacciones ha obligado a grandes avances tecnológicos. Pero la realidad es que la arquitectura financiera se ha transformado tanto en las últimas décadas que amenaza con ignorar el capital social, elemento central de la economía.

            Cuando un sistema que depende de promesas e integridad se debilita y sus productos e instrumentos pierden confianza, la estructura misma sobre la que descansa se empieza resquebrajar peligrosamente.

            Tradicionalmente, los bancos han otorgado créditos que reposaban en sus libros. Ahora se han inventado maneras de transferir el riesgo crediticio; estos créditos se re empacan y se distribuyen a otros. El sistema convencional se ha visto reemplazado por varios tipos de inversionistas y ha conllevado a un sistema paralelo muy complejo dentro del cual se volvieron comunes los vehículos financieros ‘fuera de libros’.

            El problema de este empaquetamiento es que ha distanciado a deudores de acreedores y ha impersonalizado todo el sistema. El acreedor correspondiente de un deudor hipotecario en Alabama puede ser un banco en Frankfurt quien de repente se da cuenta que la hipoteca no vale lo que creía. La relación entre el acreedor y el deudor se pierde en medio de las transacciones inter bancarias gracias a distancia física entre el dueño de la casa en Alabama y el banquero en Frankfurt.

            Es difícil predecir exactamente lo que va a suceder. Pero lo que es claro es que si el capital social – la noción de que las relaciones sociales tienen el potencial de facilitar beneficios económicos para los individuos y las empresas –  no se re establece, los efectos de este rompimiento se extenderá a toda la economía. Estamos ante una verdadera desgracia en la relación entre financistas y consumidores; es el comienzo del fin de la estructura de mercados promovida desde el siglo XVIII por Adam Smith.

            Mientras tanto, debajo de los techos de las casas de los norteamericanos – las cuales hoy valen mucho menos que hace un año – se sentirá nostalgia por aquellos días en que las leyes del mercado conducían a indefinida acumulación de riqueza. La ‘mano invisible’ le entregó al sector financiero norteamericano licencia para innovar – y este lo que hizo fue innovarnos hacia una gran catástrofe económica mundial.

* Adaptado de ensayo de Sara Azout Kassin, estudiante en Brown University.

1 comentario:

Jesús Abarca dijo...

Hola Samuel, me pareció muy interesante tu plantemiento, eres institucionalista?. Creo que coincidimos en la cuestión de la mano invisible :). Estaré al pendiente de tu blog, saludos desde México.